miércoles, 12 de octubre de 2016

Hoy, fecha tan señalada

Hoy, fecha tan señalada, felicito a España y a todas sus pilares. Me felicito, nos felicito también, por muchos de nuestros pilares. No nos olvidemos —que se nos va de la mente con muchas prisas— del sumo respeto y admiración que merecen estos. Léase tortilla de patatas, jamón de recebo o la misma sardina que, con toda su magna personalidad, no se le conoce un solo delirio de grandeza, oiga. 
Costas, parajes y ciudades de quitar el hipo; libertades, licencias, excelencias y paciencias inéditas en otras latitudes. 

Todo esto se nos va de la razón y los sentidos con una facilidad pasmosa. Es escuchar a un Rajoy, a una Cospedal, a una Susanita, o a tantos otros de la misma estirpe y pelaje —lo mismo me dan las siglas que los bautizan; me reitero: mismito pelaje—, y oye, que se te olvida hasta la madre que te parió. Que yo sé que en esos momentos solo te acuerdas de las madres que los parieron a todos ellos, cosa muy normal, muy humana, por otra parte. Y, sin embargo, oye, a mí, que ya me merecen la pena solo por escuchar luego los chistes y por ver las viñetas de Forges. Y en este punto hago mención especial y agradezco su existencia a los artistas nacidos y criados en la redes, reyes de la ironía y el mejor humor español. 

Por cierto, que digo yo, dos cosas:
Una: se me van a mojar hoy la reina consorte y su modelazo, porque aquí en Madrid, en día tan señalado, nos ha amanecido cayendo mucha agua. Bueno, y las melenitas de las dos nuevas meninas no me brillan lo mismo sin sol; una pena. 
Dos: Pilar Bardem; ¿tú un día como hoy celebras tu santo con las amigas en el VIPS, por ejemplo, o emigras a Gibraltar —por decir un sitio allende las fronteras— hasta mañana?. 
Oye, yo qué sé. Quieras que no, el desfile se te desluce un montón con los paraguas; y el tema de la Bardem es una curiosidad que yo tengo; que la mujer tendrá su vida, sus costumbres, que lo mismo aprovecha que es fiesta para estar con los nietos viendo el desfile por la tele, y estoy yo aquí deslenguando sin necesidad. Vaya usted a saber.

Pero bueno, lo que es cierto y verdad es que a mi me gusta una barbaridad ser española; me siento cómoda. No sé como decirte, es una sensación ya de estar en casa con las zapatillas tumbada en el sofá; algo así. Porque me digo yo: a ver, con lo viejecita que es España, que lo es, con lo que nos repetimos a lo largo de la historia, porque nos repetimos una barbaridad, ¿no es más una cuestión como de ir adaptándose a las circunstancias sin exasperarse más de lo inevitable? Digo yo; que no sé, ¿eh?; que yo no quiero ofender a nadie, y esto son cosas muy personales.

Porque, por ejemplo, a mi madre le gusta Sálvame y las telenovelas; un amigo que yo tengo de toda la vida se ve todos los días el canal cubano, y otro se chupa la versión política del Sálvame que ponen en la Sexta, con su Javier Sardá y tós sus avíos. A ver: ¿quiero yo menos a mi madre?, ¿me gusta menos su guiso de papas con choco? Oiga, pues no. ¿Soy capaz de soportar —y con pasión, como lo hace mi amigo Arturo— el canal cubano y su consecuente cineforum? No; rotundamente no. Me declaro absolutamente en rebeldía por incapacidad plenipotenciaria. Pero Arturo y yo no nos peleamos por esas cosas, ni siquiera discutimos ya, a estas edades, sobre lo razonable o no de su comunismo-rojeríocongénito severo. Oye, como si cree en el Cristo de las Cinco Llagas. ¿A mí qué más me da? ¿Que lo veo menos que a otros por una cuestión de comodidad mental? Oiga. pues también, pero ya está. Y el que ve los programas estos tipo Sálvame en versión congreso de los diputados y aledaños, ¿pues no hay gente que se informa de esa supuestamente única realidad en las redes sociales? ¡Haga usted de su capa un sayo!

¿Firmas contra el Sálvame?, Hum…No lo veo, no lo veo. Quiero decir que no veo yo así como muy razonable la recogida de firmas contra una cosa de este tipo, existiendo, como existen, el botón de cambio de canal y el de apagado; existiendo, al mismo tiempo, la tan ajada, por manoseo inapropiado, libertad de expresión. Máxima constitucional que tenemos muy por costumbre usarla para casi todo. Cuando ya no quedan argumentos, es sumamente práctica para muchos.

Es como lo del referéndum independentista de Cataluña.Vale, sí, me entretiene verlos ir y venir del Constitucional al Parlament y de ahí a la Diada propagando la Catalanía desatada; pero ya está. Quiero decir: que salga de esto un «fusílenlos a todos», o convertirlo en una tertulia de café con amigos, o conversación de ascensor, pues tampoco. Ya no. Al principio, mira, no te digo que no, por la novedad y eso, pero a estas alturas de la película... me marea. Nuevamente, prefiero aquí las ocurrencias cómico-artísticas nacidas al amparo de tanto desvaríe dialéctico.

Que hay que echarle una mijita de sentido común a las cosas, me pienso. Y enmarcarlas en su justa medida, oiga, me parece a mí. Callar más y despotricar lo justo. Que ¿dónde si no podrían haber nacido don Alonso Quijano, don Camilo José Cela, don Miguel Delibes o el mismísimo fandango? ¿Que te va más el tema muñeira? Estupendo. Mientras no me los pongas a competir, a mí me vale. Que no es por ná, pero es como poner a competir, qué te diga yo… el gazpacho con la sopa fría de melón, o la perdiz escabechá. Y que ¿pá qué?

A mí, personalmente, la bandera española lo que es estéticamente no me gusta, pero nada más que por la mezcla de colores. No me sirve tampoco para defender causa alguna, salvo la alegría de haber nacido aquí con todas nuestras miserias y nuestros grandes honores. De fútbol no entiendo un pimiento. Ahora: llega ese mundial y yo me pinto de rojo y gualda hasta que te diga yo...Y me divierte que gane España ¡Pues claro que sí! Hasta ahí podríamos llegar. 


Y como defiendo el carro de Manolo Escobar porque no es incompatible con el resto de realidades, no me pidas que me identifique con donde nací al punto de cegarme la sesera. Yo solo ejerzo de española en el extranjero, y a enorme honra. Aquí no me hace falta, que estoy en casa. Ni me llames cosas raras por defender que me gusta ser española, porque, diga usted, lo que diga, es un gustazo; y lo demás, abalorios transitorios y mutables. Esos mismos que nos hacen grandes y libres con el tiempo. Que no le otorgo al caudillo el honor y el privilegio inmerecido de apropiarse ad eternum de expresión tan bonita y malograda.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Hombres de café con leche, ¿quíen dijo hombres?.

Puede ser un trauma, no les diría yo que no les falta razón, y sobretodo, les asiste el derecho a pensar con total libertad lo que les venga en gana, ¡faltaría más!.
Bien, pues una vez marcada esta necesaria e insalvable distancia entre ustedes y yo, por aquello del respeto sumo, expongo mi teoría: "no me fío de los señores que toman café con leche por la tarde". Y si ese café, es descafeinado y contiene dosis de leche suficiente para convertirlo en una especie de brebaje infantil de consolación, pongo por caso, el señor que lo consume, queda drástica e inexorablemente eliminado de todas sus remotas posibilidades.

No pretendo con mis palabras, así me asistiesen todos los cuerpos celestiales en tan horrenda empresa, convencer a ninguno de ustedes de nada. Mi humilde fórmula es tan certera y práctica para mí como poco pretenciosa.

Me explico. Yo, que suelo ir de soltería en soltería con bastante asiduidad; yo, que no reparo en el tipo de hombre, sino en lo que cada uno de ellos provoca en mí; yo, que ningún rencor o cosa parecida conservo hacia ninguno de los que han parcheado con más o menos fortuna esa soltería mía, perenne e intermitente; yo, he descubierto que los de café con leche a media tarde, "largo de leche y muy cortito de cafe´", no tienen la más mínima posibilidad de convencerme de nada.

Sea una cuestión estadística, que puede ser, sea superstición urbana y generacional, sea lo que quieran que sea, es increíble corroborar, de forma casi aburrida, como en todos los casos que puedo recordar, la razón me acompaña. ¡Y, oigan, una cosa!, que también hay quien se rige por los signos zodiacales del periódico.

No hace mucho he tenido la última ocasión de comprobar mi teoría. Y me ha servido esta vez para asentarla como axioma. Pongo por caso que es usted un caballero, y yo le hago tilín; uno de los dos propone quedar a tomar un café; yo le preguntaré: "¿y cómo te gusta tomarlo?", ya como de previos y para no alargar cuestiones abocadas de, y por principios, al fracaso. La respuesta será sincera, pues usted no va a reparar en la trascendencia de la cuestión, claro. Si el test _aparentemente absurdo, me consta_ da positivo, téngalo claro: ¡no cuente conmigo!. No vamos a perder el tiempo ni usted ni yo.

La última ocasión, como les contaba, de procurar acercar posturas a un hombre de café con leche, ha agotado cualquier otra posibilidad de intentona. Tanto devaneo por el mundo de la leche manchada calentita me ha enseñado que estos señores andan mucho más cerca de la teta de su madre que del mundo femenino con todas las letras. Suelen ser pusilánimes y quejicas, quejosos, incluso, de cuanto les acontece.

Suelen tener miedo a casi todo, y al mismo tiempo intentan ser repulsivamente mandones. Contienen a duras penas sus impulsos torpes por mirar detrás del sujetador mientras se confiesan poco reprimidos y sumamente respetuosos.

El mundo el hombre de café con leche suele ser un mundo reducido, un mundo de pantuflas de paño y de cuadritos, un mundo de represiones vivas y sentimientos mortecinos. Pulsiones mundanas y caprichos escondidos a modo de pecado. Sí, sí, son esos que se acuestan con las rubias, o lo pretenden, y conservan dentro de casa en formol a sus morenas de permanente arcaica.
Repudian sin compasión la quietud de sus esposas, pero ¡ay de ellas si se les ocurre mover un dedo!.

De hecho, me creo que yo para mí, que ni uno solo de los hombres que pisaron la Nueva España en sus comienzos mezcló el café que allí encontraron leche alguna.

Y añado: si usted gusta de tomar café con mucha leche a eso de las seis de la tarde, incluso en verano, pero no se siente identificado con ninguna de mis cuitas; si todas ellas le resultan tan absurdas como peregrinas, por favor, hágase ver, será todo un placer romper esquemas, está usted invitado a lo que quiera, incluso si es descafeinado.






martes, 22 de diciembre de 2015

Cumbre sin campo base.



Voy a hacer varias afirmaciones con las que no todos ustedes van a estar de acuerdo, con la ventaja de que, a la edad que tengo, esto, y perdón por la grosería, me importa cero sobre cero.

La mayor parte de la gente de a pie, una mayoría absurdamente aplastante no está verdaderamente preocupada por el calentamiento global de la tierra, solo les gusta hablar de ello en barras de los bares, reuniones familiares y similares. Mientras piensa concienzudamente en sus verdaderas zozobras, y asuntos pecuniarios
Si fuese cierto que la inquietud respecto al deshielo y el cambio climático nos provocase la desazón que pretenden ridícula y artificialmente los medios de comunicación, estudiaríamos el tema con ahínco. Financiaríamos expediciones y estudios científicos serios, en vez de partidos políticos, u ong's peregrinas de tantos colores y pelajes, tan de moda, tan socialmente aceptables. Algunas realmente prácticas, otras de dudosa utilidad, y feas bambalinas. Gastaríamos menos en lotería de "fechas tan señaladas", y dedicaríamos más tiempo a leer y a aprender como se abastecen, de verdad, los países que no son éste, ni el de al lado de la tribuna tan cercana de ese malnombrado "Occidente".

¿Qué comen en Sumatra?, ¿cómo visten y construyen sus casas en Gurvansaikhan?, ¿le importa mucho a nigerianos y etíopes como nos lo montamos nosotros en tema combustible y bolsas de supermercado, por ejemplo?. La masa acogotada por la miseria, la paupérrima existencia de una enorme población mexicana ¿tiene de verdad sus ojos puestos en la capa de Ozono?. 

Y lo que me parece más trascendente, ¿cuántos de nosotros conoce a ciencia cierta los acuerdos y manejos de los foros y despachos que tienen mano real en todo esto?. Evidentemente no hablo de ruedas de prensa fastuosas y modélicas en declaraciones. ¿Cuánto dinero se pierde en estas idas y venidas de la realidad científica a su traducción política, y hasta editorial?.

Si fuera cierta tanta desazón, no daríamos saltos tan grandes, y a diario, del desconocimiento rotundo al derrotismo más absoluto. Pasados los titulares de las cumbres del clima, y propuestas ridículas del tipo "Concurso Infantil de Recogida de Colillas en las Calles de Madrid", quedan cuatro señores y tres señoras, trabajando por saber la verdad del barquero; el resto, pasamos a otros titulares del momento: léase elecciones generales, atentado yihadista de tanta relevancia como fugacidad en nuestras conciencias; o último caso de maltrato, de ese que llaman "de género". Admitámoslo, todo se nos cae con urgencia inusitada en el mismo saco del exceso de culturilla de pasillo.




viernes, 11 de septiembre de 2015

Mis odiados políticos de costumbre, dádme la paz.


Oír por la mañana, con regustillo de café, a mis odiados políticos de costumbre, a mis políticos tan caseros como las baldosas de la cocina y la alfombrilla del baño, hay días en que me reconforta, curiosamente. Y cuenten lo que cuenten, curiosamente. Suceda lo que suceda, a más inri. Y mira que cosas graves ocurren, señoras y señores, a día de hoy.


Yo, que soy animal de costumbres, de las buenas y de las malas, es lo único que debo a nuestro ruido diario: esa especie de seguridad al despertar que me produce el que ellos siguen ahí, en sus tribunas. Es un más bien pensar, absurdo, puede ser, “uf, pues la cocina no la dejé anoche tan sucia, parece que mi jefe no está muy cabreado,uf, y qué bien ninguno de estos ha declarado todavía la tercera guerra mundial, todo bajo control, voy a ver qué tiempo va a hacer, echo un vistazo al Facebook y a ver qué me pongo”.


Volveré, probablemente, a racanear tiempo después de la comida y cogeré el metro por los pelos, puede ser, es bastante probable, seguiré pensando hoy, yo que sé, cosas como por qué las feministas insisten en qué las menopáusicas se pongan en celo químicamente por narices, que yo no lo entiendo, pero bueno; seguiré dándole vueltas como esa cancioncilla que a veces se nos queda pegada en el cerebro, a toda clase de cuitas, como esa, o cómo y por qué no se nos jubila gloriosamente, o al menos decentemente, don Felipe González, o cuánto dinero tiene Ángela Merkel de verdad y si ha leído alguna vez, aunque sea por encima, el Mein Kampf; ¿en qué clase colegio estudiaría esta buena señora, ¿cómo era su hogar?, ¿se ha planteado alguna vez hacer dieta?, ¿qué habla por teléfono con el señor Obama?, ¿se depila las piernas alguna vez después de pasearse con aires de Papa de la Edad Media por toda Europa, o pá qué?, oye, yo qué sé…_que de alguna que otra famosa sabemos antes que ella a que hora tiene cita en la peluquería, o no, pero que si queremos tenemos acceso a esta información.
Sus gustos literarios;de la Merkel, digo, ¿los tiene?, ¿habla con China?, y lo más desconcertante para mí, perdón por mi osadía, si lo es, pero ¿es cierto que existe la comunicación entre ella y nuestro inefable Mariano cuando caminan idílica y parsimoniosamente hablando en inglés, según nos cuentan los cronistas?
Seguiré pensando para mis adentros cosas de lo más estrafalarias una vez expuestas en público, algo que no hago más que con mis íntimos. Seguiré preguntándome cosas ya sea sobre mi vecina, o compañero de trabajo;  o sobre las singularidades sociales de  un país conocido, la misma Iglesia católica o el tallaje de las bragas. 
Con bastante asiduidad de este asunto, que verdaderamente sí me preocupa por lo práctico del mismo, suelo pasar a preguntarme por qué no se inventa nada nuevo en el vestir que nos sorprenda sin horripilarnos, y al mismo tiempo nos siente bien así, en general, habiendo como hay tanto personal y dinero dedicado al tema, en fin… así es mi cabeza.

Pero, insisto, que gusto a veces oír bien temprano al ritmo del aroma de café a mis políticos ignorantes, o demasiado listos y consentidos; yo me inclino por lo segundo, aunque no lo secundo.
Yo, tan revolucionaria de por mí, de cosa de cuna, genes, de qué más da, de que así soy yo, y a estas alturas pues ya lo sé y no me enfado, y aún mucho menos discuto sobre el tema: tamaña grosería para conmigo misma y para con todos a los que verdaderamente aprecio.

Pues eso; esa, yo, agradezco tanto a veces que mis queridos y mediáticos tertulianos y presentadores sigan dando micro con tanta indecencia, consentida y subvencionada también, cómo no, a estos señores y a estas señoras, —que por más que insista este igualitarismo lingüístico moderno con el que se pretende absurdamente hacer respetable la condición femenina— yo solita me autorizo a no utilizar robótica y absurdamente el “ñoras”, “ñores”,el, que digo yo…:  médicas seguido de médicos, el “as” “os”, en definitiva, martilleante de los discursos en boga, y que tan nerviosita me pone.
Me gustara a mí saber, por cierto, cuántas y cuántos de estos que lo discursean, y aún cuántas y cuántos de aquellos que los “asesorean” le han dado un repaso a la gramática del castellano. Aún lo pondré más fácil: ¿cuántos han visto hablando así a alguien en una cafetería de Cuenca, en una parada del autobús en Valladolid o en un AVE Madrid-Sevilla?. Se admiten apuestas.


El teatro cotidiano, este folklore casi mundial, no estaría bien servido ni aún existiría sin la inestimable colaboración de nuestros queridísimos, ilustrísimos, y admiradísimos —esto último sí que es incomprensiblemente cierto— periodistas. Esos hilos conductores de titulares perfectamente equiparables a los estribillos de las canciones más subvencionadas, por ende, más conocidas por todos. Muchos no sabemos qué dice la canción, no sabemos el titulo ni el autor de la música ni la letra; es más, muchos ni siquiera sabemos quienes narices las cantan, pero el estribillo, ¿el estribillo? Ese nos lo sabemos todos. Y solemos tener bastante facilidad para asociar rostro cantante y estribillo. Aquí también se admiten apuestas.



martes, 23 de septiembre de 2014

Es viernes, ¿nos hacemos uno?

Anoche recibí un whatsapp de un señor con el que algo hubo. Viernes, tarde de amigos y de copas. Viernes noche: ¡toca!

Hallábame yo, pues, con Bach en todos los sentidos y en ubicación perfecta de sofá, charlando con un amigo de lo efímero de la existencia y lo importante de buscar la felicidad en uno mismo, sin pretender imponerla al de al lado, más que nada por tratarse de un esfuerzo fútil y sin sentido.

Habitualmente mi teléfono —ese invento hijo de dios y del diablo al mismo tiempo— en este tipo de circunstancias está mudito. No fue ese el caso de ayer.

Transcribo: «Estoy por tu antiguo barrio tomando unas copas, qué haces». Mi respuesta fue más allá del simple saludo. Trataba yo de trasladarle el momento tan agradable en que me encontraba. Detallé la felicidad de un viernes sin pretensiones ni barullos; hice hincapié en la alegría sincera que me daba que anduviese cerca, e incluso me ofrecí a un encuentro.
«Quiero follar», leo, no sorprendida, pero impávida. «Yo también», jugué. «¿Sí?, ¿conmigo?, ¿a cambio da nada?». «¿A cambio de qué habría de ser?» «¿De una relación amorosa?", pregunto. «Sí», se defiende. «No, no te preocupes, ya no me interesa», miento mientras voy tomando plena conciencia, con satisfacción, de que efectivamente así es; perdone, es rigurosamente cierto: yo a usted no quiero volver a verlo.

No quiero una relación con semejante monstruito, pensaba, por más que mis hormonas hayan andado entretenida con su entrepierna un mes; es que a veces me confundo. Y me confundo mucho.

Por el simple hecho de ser mujer, o quizá por el simple hecho de ser yo, tengo una habilidad pasmosa para confundir mis partes íntimas con lo más íntimo y preciado que tengo, que no dejo de ser yo misma y mis sentimientos.

Con gran rapidez, en definitiva, equivoco amor y sexo. Yo sí. Este vagabundo del porno de anoche se ve que no. Y es grave el caso suyo, pienso, oso, aludo. No es nada agraciado físicamente, de carácter hummm, digamos... ¿agrio?, de extraña verborrea e incultura de estudio.

Pero este señor, que merece como ser humano todos mis respetos, no es el problema. El problema era yo. Y digo «era» porque por suerte he cumplido ya unos añitos.

Sí, la cuestión es la siguiente: en mi educación infantil, el falo, como tal, no tuvo ni nombre; mucho menos, entidad o mera existencia. La adolescencia me pilló confundiendo el príncipe azul de Blancanieves y Sissi Emperatriz con las lecturas de Henry Miller y Anaïs Nin, amén de kunderas varios. Mire usted, oiga: de verdad, así no hay quien se entienda.
Y andamos hablando de cosas muy muy serias. Incluso de reproducirnos en nuestros propios errores de pareja, o simplemente con el sexo contrario, una y otra vez. O aun más grave, y  con muchas peores consecuencias: reproducirnos como especie. Recordemos que pocas, poquitas de nosotras, vamos por la vida sin el dichoso «reloj biológico» encendido. Y ese salta; ¡uy!, que si salta. Que se lo digan a mi draculín de anoche, que tiene partida doble de machitos.

Parte de su misoginia proviene de esta coyuntura. Para él, con pocas luces, criaturita, coyuntura mal digerida. Aunque diré en su favor que cuida torpe y zafiamente de su prole, pero con pasión y ahínco (tema será de otro momento la transmisión de valores educacionales padre-hijo, al respecto del tema que ando burdamente mascullando).

Suelen subvenir estos casos en grandes cantidades de rencor y resentimiento. Me explico: viene ese mal vahío, que en la mayoría de las ocasiones perpetúa y se hace eterno, contra aquellas que tan bien la chupaban, a las que les saltó el despertador y ya para lo único que se suele hablar con ellas es para discutir sobre horarios, fiebres varias y dinero.
Por bien de los años, mi propia experiencia y las de otros y otras que por suerte me rodean, ya sé salir indemne y elegantemente de estos torpes intentos y desvaríos.

En dos golpes de teclado táctil acabé con la calentura de mi amigo, apuesto más bien por una masturbación prehistórica y un ronquido; pero, bueno, eso ya no hace al caso; el pene y el tiempo eran suyos; y ya voy haciéndome a la idea, aunque me costó bastante en un principio, de que no siempre estoy presente cuando un señor se lo hace conmigo.

Yo continué en el mismo sofá con mis otros dos varones; recuerdo: Bach y mi amigo. Pelín tocada e imponiendo cambio de tercio en la conversación, pero sin grandes ademanes ya de «explícame tú, que también eres hombre, ¿de qué coño va este tío?» En absoluto; fue más bien un giro sutil hacía los abismos insondables entre tantos seres, hombres y mujeres, tan distintos.

Y toda esta suerte de capotazos sin cruzar la voz con el susodicho, que para eso tenemos el whatsapp, hijo igualmente de dios y del diablo, que a mí anoche me pareció el mejor invento después de la luz eléctrica. Esa que te aconsejan las amigas que dejes a medio gas con tus primeros intentos.

lunes, 9 de junio de 2014

domingo, 8 de junio de 2014

Y un punto sobre las íes de la belleza Olay.

Yo tuve una amiga que no estaba interesada en los hombres de cierto calado, no conforme con su físico. Era más bien una guerra la que le tenía declarada al sexo contrario. De la cual, por cierto, los que la pretendían no tenían constancia. Radicaba la cosa básicamente en que como no le gustaban sus muslos, sus caderas, el trasero, y su pecho, no demasiado abultado, pues daba por hecho que nadie en este mundo le encontraría ni un sólo encanto.

¿Quíen la convenció de todo aquello y cuándo?. He de suponer que su propia madre. De armas tomar, con tendencia a la perfección de los anuncios de los años setenta y ochenta. Piel Olay, tersura Avon, y piernas Marie Clair, (¿dientes Profiden se ha, por ende, suponer?).

La pobre mía se enamoró, por creer que aquel era el único reducto disponible para ella, de un chileno desfasado, pero con mucho encanto. Pasado por drogas que no hemos de nombrar y alcoholes cuyo nombre daba igual. Recalado en nuestra ciudad con motivo de un evento cultural, aunque realmente el motivo me temo que desde su país se lo pintaron calvo, como anda él ahora, por cierto. Pablo,ese era el nombre del donjuan.

Mi querida amiga fue ver que Pablo le cantaba ternuras y amores en noches trémulas de primavera, y darle al mismo cuerpo un revés y volverlo lleno de todos los encantos del paraíso. Eso sí, ella me contaba, azorada, que dormía con el neceser debajo de la cama. Para cuando él despertase no viese su rimmel corrido por la pasión, ni su piel estremecida por el sueño. Que agarraba la buena mujer aquella bolsita rosa como el naúfrago el flotador cada mañana. Con la buena fortuna de que por las características del enamorado tenía más tiempo para tales menesteres; pues su despertar era lentito, lentito, pastosito; me imaginaba yo, sin ningún permiso.

Bien, Pablo duró muchos años. En todos los cuales hizo más que evidentes dos cosas: su politoxicomanía y su innegable y particular atractivo. Innegable porque a nada le decía que no mi amiga Sara, particular porque solo a ella le atraía tamaño esperpento importado.

Al cabo de muchos años y muchos comas, Sara se vió limpiando calzoncillos en una lavadora destartalada de Canarias, mientras el susodicho tomaba copas en todos los garitos. Dos abortos y muchos cuernos después del inicio, calculó mi amiga que el tiempo se le venía encima con un descalabro enorme entre las costillas que lindan con el corazón, y el árido esqueleto de la tarjeta de crédito. Miró el reloj un día a las once de la noche y llamó a la península para hablar conmigo.

Aquí las doce, claro está. En un invierno frío, yo bajo un enorme edredón, y encima de un libraco tremendo intentado meter más ruido que él con mis ronquidos. "¿Sí?, ¿quíen, dónde, qué, qué quíen?....". "Ay, Sara, hija de mi vida, que susto, estaba....". No me dejó decir mucho más. Pero susto, susto, ¡susto!, de Tarantino, y pocos más. Ni corta ni perezosa, aquel alma cándida que se paseaba por el instituto con dos trenzas indefensas ante tanto futuro, le había pasado por las partes íntimas al amigo chileno de la madre patria colombina tremenda cuhillada.

Me puse de pie de un respingo tal que mi perro Colombo, _y este nombre no es broma ni redundancia, que se lo puso mi hijo por el teniente Colombo_  se me tiró encima a salvarme del teléfono, del edredón o del libro, o de todos al tiempo. Que andaba el pobre Colombito más despistado que yo ante tanto descalabro, desquicie e infortuna. Sobre todo esto último. Qué daño, ¡que daño!, señores, pueden hacer esos anuncios prometiendo a una madre subyugada a la dependencia de una belleza tan mentirosa como macabra, la prosperidad en el tarro de una hija tan despistada.

Todavía hoy me pregunto dónde andaría el padre de mi amiga en aquellos años de adoslecencia en los que mi amiga era capaz de coserse los muslos con cinta de embalar cajas debajo de su chandal inocente de colegio de monjas, todito azul marino. Ese de las rayitas blancas a los lados. Todavía conservo perfectamente nítida la imagen de mi amiga entrando en la cárcel local, después del costoso traslado, adornado por los carísimos abogados de los padres.

Y yo, que así soy, por encomienda de los genes, o del Santo Grial, si se me ponen, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle a Doña Sara, si todavía hacia la cosita con su marido. Como si hubiese visto al diablo, me apartó de un zarpazo: "Vosotras, nunca tuve que dejar que se juntara con niñas como vosotras, como tú, mi hija, ¡que lo ha tenido todo!, que nunca le ha faltado de nada...¡Ay, Señor, ¿qué le ha pasado a mi hija?, Ay, qué calvario Manolo, loque nos manda el Señor, a nuestros años..., ¡Ay, Dios mío!...".

Usted me perdone, señora, ahora que ya pasaron los años. Ahora que su hija está reinsertada en esta nuestra sociedad, más pá allá que pá acá, bien es cierto. Primero, o punto A: aquella pregunta en prisión no era más que puro nerviosismo, y ganas de saber si tanta entelequía basada en la Santa Madre Iglesia y el último anuncio de Loreal surtía su efecto al paso de los años. Dos, o punto B:¿ le compensaba a usted tanta tiranía por la perfección de lo que sólo existe a nivel, digamos, por quedarnos en lo más básico, de un puro anuncio?.

Que de verdad, señora, que no va más allá de una cultura un tanto absurda. Abosulta y ciertamente creativa en la producción de publicidad. El trabajo real consiste en separar, tanto milagro inventado para la pantalla de su televisor, de la tremanda y maravillosa realidad. Y eso se consigue con la simple fórmula de echarse a leer, estudiar, o, aún más fácil se lo pongo, distraerse un poco de pretender todo el día la perfección de escaparate que trae de cabeza a media humanidad.